El año 2020 estuvo cargado de situaciones, la más grande fue la pandemia, pero no por eso nuestra comunidad no disfrutó de la belleza y la experiencia que entrega la Patagonia. Siendo Julio del año 2020 nos encontramos con que todo Coyhaique estaba nevado y Villa Jara no se restó de esta situación.
Cuando llegó el equipo al bosque del granero y observamos este paisaje blanco que se nos presentaba no tuvimos más remedio que empezar a mover los engranajes de nuestra mente para hacer que la experiencia en la nieve fuera lo máximo. Fue entonces ahí que nos dividimos las tareas: ¿Quién iba hacer los monos de nieve? ¿Quién se encarga de hacer el iglú? ¡Alguien tiene que hacer el chocolate caliente! ¿Quién gestiona la pelea de bolas de nieve? Y por supuesto ¿Quién iba ser el árbitro de la competencia de trineos?




A esta altura el equipo de docentes ya estaba listo, faltaban los niños y las niñas, fuimos a buscarlos en la base de la montaña, porque por supuesto que con la cantidad de nieve que había no subían los autos. Cuando los vimos no pudimos sino notar la felicidad que se veía en sus ojitos, sus cuerpos que apenas se lograban ver entre tanto traje de nieve, mascarillas, orejeras, gorros, guantes e incluso antiparras. Las risas era contagiosas, porque el solo caminar en subida era un desafío para todos, llevar sus mochilas y sus enormes capas de ropa solo hacían más graciosa la situación.
Cuando llegamos arriba, los niños y las niñas miraban impresionados por la sensaciones, por el blanco que cubría los arboles como si su color siempre hubiera sido el níveo color crema, el olor helado entre bosque, agua y frio que envolvía la nieve. Asimismo nos rodeaba el sol pegando en los pedacitos de cara que sobraban de tanto aparataje que llevaban puestos o la visión de los rayos del sol chocando contra el vidrio de las gafas, ese calor que no lograba derretir pero si a calentar sus corazones.
Se sentía el sonido que hacían sus botas al pisar la nieve o la caída de la nieve acumulada en las copas cuando chocaban contra el suelo cubierto, como sus dedos se movían dentro de sus botas de nieve, eran muchas sensaciones, experiencias, emociones. Lo cierto es, que volver a pequeños exploradores después de un tiempo en casa siempre se agradecía.
Ese día fueron tantas las actividades que el tiempo se nos fue volando; entre el chocolate caliente, la fogata, el tirarse por la montaña rodando, la construcción de monos de nieve, los guantes perdidos, los mocos colgando, la pelea de bolas de nieve, el té de manzanilla y miel. Así como también, Las risas contagiosas, las lecturas de cuentos al frente del fogón, los cambios de ropa, las corridas imposibles a las letrinas por los “pipis”, el iglú en su proceso de construcción, los abrazos, los malvaviscos derretidos.
Fue en ese momento que algo sucedió. Esa corriente de aire, con la mirada en el horizonte sabíamos que se acercaba el momento más esperado del día. Se colocaban en fila, se escuchaban las risas, los guías dando instrucciones, las manos apretando los plásticos. Silencio, los corazones latían, la respiración agitada, había ansiedad en el ambiente, todos esperaban su turno. Cuando de repente se escuchó “En sus marcas, listos, fuera” y todos, niños, niñas y guías, nos tiramos con las bolsas de pellet de la estufa del granero. Traseros abajo como el más caro y resistente trineo que hubiera existido jamás, las risas estallaban, la nieve metiéndose por donde no debía y la ropa empapada. Nos dimos cuenta de que no necesitábamos nada más, que todos los problemas en ese momento eran pasajeros.
Fue en aquel instante que nos dimos cuenta de que ya era hora, ese día se acababa, nuestros corazones felices, nuestro cuerpo cansado, nuestras bocas sonreían y ahora ya pedían por una buena ducha y una rica once. Íbamos a dejar a los niños y niñas a la base con la promesa de que esto se volvería repetir y que al día siguiente en conjunto haríamos más magia en ese bosque, ese bosque amado al que llamamos hogar.

